Desde que aquellos pastores presenciaron esa noche gloriosa en la colina, la historia de nuestro bebé salvador se ha narrado, durante siglos, en todas las lenguas, a todas las naciones y razas. Es sin duda una noticia muy importante pero lo que importa realmente es por qué nació este niño.
Nació para llevar a cabo una tarea, la mayor causa por la que un hombre pueda vivir: Él debía hacer la voluntad de su Padre y cambiar el curso de la historia de este planeta.
Es una historia hermosa, motivo de representaciones artísticas, en ayuntamientos, plazas, centros comerciales y en los hogares. El establo rústico, los animales, los pastores, la estrella, el pesebre… Todo es muy bonito, pero quizá se nos escape la realidad...
Después de un viaje de más de 70 Km a pie o en el burro, Yosef y Miriam llegaron a Belén, y ella dio a luz en un establo (cosa nada extraña con tanto trajín). Las manos inseguras de Yosef recibieron a la pequeña criatura que salía del vientre de su madre a un mundo en el que iba a enfrentarse con el mayor de los desafíos.
Yosef había sido escogido por el Creador para cuidar y educar a este niño que llegaría a ser el Salvador del mundo, el Príncipe de Paz.
Él traería paz a los hombres de buena voluntad. Una “buena voluntad” es una voluntad que quiere hacer lo correcto, dispuesta a hacer lo mismo que Dios quiere hacer en esta tierra. El hijo de Yosef y Miriam fue un niño normal, no fue un ser sobrenatural. La Palabra de Dios se hizo carne, y no andaba por ahí como un ser superior a los demás.
Estas son buenas nuevas para todos nosotros, tanto hombres como mujeres. Sólo un hombre real podía salvar a otros hombres reales como nosotros. Él sufrió y fue tentado en su vida como cualquier otro ser humano. (Dios no puede ser tentado – Santiago 1:13). Yahshua entiende por lo que pasamos porque Él perseveró atravesando las mismas dificultados que cualquiera pueda pasar. Nunca se echó atrás y por eso pudo ser el Salvador del mundo.
Nosotros, hombres y mujeres reales, tenemos su ejemplo. La vida de amor que Él llevó es nuestro patrón a seguir; no es un camino imposible para aquellos que quieran seguirle.
Éstas son buenas nuevas de gran gozo para “los hombres de buena voluntad.”
“...Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia.” (Juan 10:10)
Para esto nació el Mesías hace cientos de años, vino para dar vida, vida eterna. Para traer un fin a la muerte, al dolor y la tristeza.
¿Qué daría uno para escapar de las garras de la muerte? Todo tiene un coste. El bebé de Belén pagó el precio más alto que nadie pueda pagar para cumplir el propósito por el cual nació: darnos una vida indestructible. De la misma manera, una persona que quiera seguir sus pasos debe dar todo por Él, porque sólo en Él hay vida eterna, amor verdadero, paz y gozo.
Cuando este bebé tan especial se hizo mayor, dijo: “No penséis que he venido para abolir la ley o los profetas; no he venido para abolir, sino para cumplir.”(Mateo 5:17).
El que adoramos en estas fiestas, no desea que le recordemos en un ritual tradicional una vez al año, sino que obedezcamos sus mandamientos cada día de nuestras vidas.
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