La clave para poder llevar una vida más ecológica suele ser reemplazar la mala tecnología por otra mejor. El ecologista pone su esperanza en la tecnología para ganar la batalla y salvar la tierra, pero todavía se precisa una industria bastante sofisticada para solucionar el peliagudo problema de la polución.
Hasta hace poco la mayoría de las industrias arrojaban despreocupadamente todo tipo de sustancias nocivas al aire y al agua. Para reducir el daño que se estaba causando al medio ambiente, algunas industrias instalaron filtros de alta tecnología en las chimeneas; pero el problema persistía con la expulsión de gases a altas temperaturas, contribuyendo al efecto invernadero y consecuente “calentamiento global”, tan funesto para la Madre Tierra. ¿Y qué tal si se enfriaran las chimeneas con aire acondicionado? Cara solución... El paso siguiente sería inventar un sistema “más barato”. Pero más barato suele significar “más contaminante”, puesto que las sustancias químicas utilizadas actuarían en detrimento de la capa de ozono.
“¿Y qué se puede hacer por un planeta que tiene fiebre?
Descartemos la tecnología moderna y volvamos a la mula y la azada. La solución está en la agricultura básica y sostenible. Mucho aire fresco, ¡y a sudar!”
Contra viento y marea, el ecologista encara el futuro con optimismo.
El ecologista saca la azada y la observa con auténtica reverencia...
Mula y azada… Pero, ¿te has parado a pensar en toda esa gente que vive en países pobres, al pie de la pirámide tecnológica? ¿No están intentando escapar de su pobreza, y hasta arriesgan su vida para incorporarse a una sociedad más “desarrollada”?
Para un muchacho que cruza el estrecho en una patera, o para cualquier otro inmigrante, la contaminada sociedad de los países ricos es la tierra prometida, llena de comodidades, riquezas y seguridad.
No muchos contemplan la posibilidad de un mundo lleno de pequeñas granjas habitadas por gente iluminada, que trabaja duro y se contenta con mantener limpia la Madre Tierra.
“En realidad, pocos están dispuestos a dar un cambio tan extremo. Quizá yo tampoco…, pero puedo tomar algunas serias medidas para no contribuir a la carrera autodestructiva de esta sociedad consumista. Una sociedad avara, egoísta y suficientemente necia para destruir su hábitat.
Pues, está claro: Odio el automóvil. Es la máquina infernal que más enferma a la madre tierra. Envenena sus pulmones, le da fiebre, y cirrosis al hígado con todas las toxinas generadas en su proceso de fabricación. Una persona coherente nunca tendría coche.
No hay más remedio que coger al toro por los cuernos. ¡Me compro una bici!”
Pedaleando al trabajo, nuestro hombre arriesga el pescuezo en medio de un tráfico demencial, mientras que los desconsiderados automovilistas, cargados de odio-medioambiental, le pasan zumbando.
Respirando profundamente para subir una cuesta, el hombre se traga una buena nube de gases de escape. Aparece pedaleando como puede y tosiendo.
Intenta controlar la tos sin soltar el manillar, pero finalmente tiene que rendirse y parar a recuperarse.
“Yo estaba decidido… pero, qué difícil… He tragado más polución que en toda mi vida… Y además… ¿De qué serviría que acabe yo aplastado como una cucaracha en el asfalto?
¿Quién iba a cuidar de la Madre Tierra?”
Levemente mareado por otra ráfaga del gasoil de un autobús urbano, el ecologista llega a su destino. El ecologista para y considera. Por un momento, se retira para contemplar su bici que tanto le ayuda a contribuir a la salvación de la tierra.
“A pesar de mis desventuras en el tráfico, tengo que reconocer que una buena bicicleta es una maravilla.”
¡Te referirás a una de alta tecnología! ¿Acaso te imaginas qué se precisa para construir un cuadro de grafito composite, o de aleación metálica, o para fabricar los neumáticos de la bici, o la capa que cubre los cables de los frenos? Adivina qué.
“¡Oh, NO!
E-l-e-c-t-r-i-c-i-d-a-d.
Para fabricar millones de buenas bicicletas se precisan millones de kilowatios. ¿Y cómo se genera toda esa electricidad?
La mayor parte de la electricidad del mundo se genera ¡quemando carbón! ¡Agghh!
O peor aún, en las ¡CENTRALES NUCLEARES!”
Exactamente. ¿Podremos producir electricidad para fabricar bicicletas para los seis mil millones de habitantes de la tierra, a base de placas solares y molinos de viento?
Y, ¿quién sabe fabricar placas solares y generadores eólicos sin contaminar, o sin electricidad?
Ecologista, por muy nobles que sean tus ideales, y sublime tu preocupación, no tienes más remedio que mirar el reloj, porque vas a llegar tarde. A pesar de tus pesares, tienes que comer y sobrevivir en el medio en el que estás. ¡Y considérate afortunado de vivir en una de las naciones del mundo desarrollado! Desarrollo debido en parte a todas esas lucrativas industrias que tanto contaminan y tanto te disgustan.
Resistiéndose a caer en la negatividad, nuestro héroe aprieta sus dientes ecológicos y se determina.
“De hoy en adelante iré a trabajar: ¡ANDANDO!”
A la mañana siguiente, el ecologista se ata las zapatillas con la intención de hacer jogging hasta el trabajo. Es lo más sano y ecológico. Pero mientras acaba de atarse la zapatilla le asalta un temido pensamiento.
“¿Cómo harán estas zapatillas?”
Adentrándose en la realidad, su mente se traslada a una miserable fábrica en un país del Tercer mundo. Hombres y mujeres pobremente vestidos, entran en fila por las puertas del monstruo de ladrillo, con la cabeza gacha por las dificultades de una vida sin futuro. Por el otro portón salen las fatigadas víctimas del turno de noche, después de haber producido otro millón de zapatillas azules hi-tech con el nombre de algún famoso jugador de baloncesto escrito con letras fosforescentes. Por encima de sus cabezas, las chimeneas emiten un humo negro y asfixiante, como un burlador echándote a la cara el humo del cigarrillo, despreciando tus sueños de alcanzar una vida mejor.
“Quizá pueda dedicarme a la importación de cordones de zapato de algodón ecológico, tejidos a mano, en Guatemala, y así de paso promuevo el comercio justo.
Claro que… si algún famoso del fútbol colaborase y los recomendara...
Voy a llegar tarde si no salgo disparado.
No puedo dejarme abrumar. Prescindir de las facilidades que ofrece el sistema para vivir lo más sano posible, no es cosa fácil.”
Se pone la gorra, da unos pasos, se para en seco, parece espantado de lo que está considerando, se mira los piés, medita varios segundos… Se agacha, se quita las zapatillas, las tira y sale andando: DESCALZO.
Después de tres días de salir a las 3 de la madrugada para llegar a tiempo al trabajo, andando descalzo, nuestro ecologista, vuelve cojeando en un oscuro atardecer. Lleva en la cabeza una nube tan negra como el humo de un camión. La presión que sufre en su intento de vivir de acuerdo a sus convicciones, en circunstancias tan adversas, está turbando su corazón. Él solo quiere ser sincero y solidario por el bien de la Madre Tierra y todo lo que en ella vive. Pero la cuesta se está empinando demasiado.
Hoy se ha irritado varias veces con sus amigos en el trabajo, y para colmo, al volver a casa se cortó el pie con un botellín de cerveza roto. Todas sus ideas ecologistas empiezan a desmoronarse, y se siente tan pinchado como la rueda de la bici que acababa de regalar.
“Se diría que cuanto más me esfuerzo, más estresado estoy; y cuanto más intento vivir con buena conciencia, menos gozo tengo; peor me tratan, peor trato yo a los demás y más solo me encuentro.
¿Y ahora qué?
Adán salió descalzo del paraíso, dudo que yo pueda volver allí de la misma manera. Estoy tan preocupado por la naturaleza, los árboles, el aire, el agua… Pero en realidad, la tierra no se ha contaminado sola… Somos los hombres los responsables; algo está definitivamente mal por dentro. Porque por un lado el hombre es capaz hasta de manipular los genes, pero por otro, no logramos ni tener paciencia con los demás cuando meten la pata.
Si alguien entendiese mi frustración, y me mostrase el camino de vuelta al Paraíso…”
Este es un momento crítico en la vida de nuestro héroe. Un momento similar a los que muchos hemos experimentado al sentir el impacto de la injusticia en nuestras almas. Momentos en que nos tienta el pensamiento de que la soledad es la única que nos entiende. Momentos en que los razonamientos no nos satisfacen porque al corazón solo le alivia la verdad.
Os invitamos a meditar las palabras que un hombre sabio dijo en cierta ocasión:
Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de adentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, avaricias, maldades, engaños, sensualidad, envidia, calumnia, orgullo e insensatez.
Todas estas maldades de adentro salen, y contaminan al hombre.
(Marcos 7:20-23)
¿Piensas que aún se puede hacer algo por el hombre y la tierra? Nosotros, sí.
Si tienes interés en el tema, puedes venir a visitarnos por un día o el tiempo que quieras.
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