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El Coste de una Vida Alternativa

“Vosotros sí que vivís bien” decían los de ciudad cuando venían al pueblo.

Pero los que vivíamos aquí, veíamos que algo fallaba más y más. Los tractores eran cada día más grandes, pero el tiempo para estar con otras personas, era cada vez menor.

Cada vez había menos matrimonios jóvenes y las pocas parejas que se casaban, pronto enfilaban una misma dirección: los hombres, a ver el fútbol al bar o a casa; y las mujeres, a juntarse con otras para echar un cigarro y con ello, proclamar su liberación. Donde parecía que empezaba a haber libertad, empezaba a haber dependencia de todo. No nos gustaba lo que había.

Estando en ese punto, empezamos a escuchar en los diferentes medios de comunicación: vida alternativa y ecológica. Parece que de repente se abría una puerta, pues viendo cómo iba todo, habíamos perdido la esperanza de casarnos y tener hijos.

Todo eso de tener una casa alternativa, de no depender de fuera, ni para la luz, ni para la comida, etc. nos llenó de ilusión y fuerza para trabajar y llevarlo a cabo, casarnos y tener hijos. Pensábamos que haciendo esa vida y comiendo de modo diferente, nuestra familia e hijos serían diferentes.

Pasado un tiempo, la huerta empezó a producir las lechugas ecológicas. La casa estaba habitada y el establo para las cabras, también.

Dentro de la corriente del mundo, también estaba que no tenía que haber diferencia entre lo que hiciéramos los hombres y las mujeres. Total, que ahí estaba mi mujer, embarazada de seis meses y corriendo detrás de las cabras entre los peñascos, mientras las cabras se tiraban a los trigos verdes, como es normal. Mientras, yo me quedaba en casa haciendo alguna cosilla y atendiendo la comida.

Tuvimos la primera hija, animados, pensando que dándole la lechuga ecológica y viviendo en un ambiente alternativo, sería ya diferente de por sí, diferente a los hijos que se criaban en otros ambientes. No tardamos mucho tiempo en darnos cuenta que ni la lechuga ecológica, ni las cabras, ni la casa alternativa daban soluciones a nuestras diferencias en la pareja ni tampoco, en la dirección familiar. Parecía como un carro de bueyes yendo hacia arriba, pero del que cada miembro de la familia tiraba para un lado, tratando de llevarse el carro en la dirección que quería.

Nos subimos al monte a ver amanecer, a ver si estaba allí la respuesta. En Dios no podíamos ni pensar. Estábamos rebotados de las sotanas negras y de la iglesia católica.
Eso sí, ser pioneros de la vida alternativa, con su huerta, sus cabras y su casa alternativa, quedaba muy bien. Mientras, a nuestros hijos les llevábamos al pueblo, de donde habíamos salido, para que nos dejaran tiempo para mantener el estatus de la lechuga y las cabras ecológicas. Veíamos que mejorábamos en los saberes de las cabras ecológicas, de los campos ecológicos, pero la familia era cada vez menos ecológica en su relación, hasta el punto de desintegrarse más y más. No sabíamos a quien echar la culpa. Venga a mirar a nuestro alrededor a ver qué pasaba, dónde estábamos.

Hasta que nos encontramos con una gente que nos dijo que la restauración de todas las cosas empezaba por el hombre y no por la lechuga, ni por la cabra.

Prudencio


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