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Tierra : El Siglo Final
 
Soledad, marginación, demencia, y la desintegración de las relaciones humanas básicas van de la mano del egoísmo. Cuando el calor humano falta, nada puede reemplazarlo, la soledad te corroe aunque consumas una gran cantidad de cosas. La única manera de escapar del ciclo vicioso egoísmo-consumo, es dejar esta sociedad. Para dejarla, tendrás que entrar en otra o prepararte para vivir de ermitaño (si es que logras encontrar un rincón en el mundo). Y si intentas crear algo realmente nuevo, tu vieja persona terminará reproduciendo el viejo patrón. Para formar una nueva sociedad, hay que empezar por transformarse en una nueva persona. Eso nadie puede hacerlo solo… Veamos:

Desde el principio la voz de la creación ha hablado a los hombres.

Cuando el aire estaba limpio y se podía beber de cualquier río, la voz de la creación hablaba del Creador y de sus buenas intenciones para el hombre. Hablaba de Su naturaleza invisible, que se conoce a través de lo que Él hizo para nosotros: el sol, la luna plateada, innumerables estrellas, amaneceres majestuosos, arroyos de agua fresca y cristalina, el canto o el vuelo de las aves, el milagro de la vida… La obra de sus manos. Incluso hoy en día, cuando el deterioro del planeta está llegando a ser muy alarmante, la creación sigue proclamando el mensaje a cada criatura que se mueve bajo el cielo, grandes y pequeñas. Habla del cuidado del Creador en cada cosa que diseñó – desde la galaxia más lejana, al suelo que Él hizo con tanta sabiduría, para que cultivásemos plantas con los nutrientes que mantienen nuestra vida y previenen la enfermedad.

La voz de la creación es el testigo, la evidencia de que hay un Creador. Su voz coincide con el testimonio que llevamos dentro: nuestra conciencia. Instintivamente, intuitivamente, sin que nadie nos enseñe, la conciencia nos avisa de lo que está bien y lo que está mal. La verdad acerca del Creador es evidente y se revela al corazón de cada hombre y mujer, y si una persona ignora su conciencia, no tiene excusa. Cuando uno niega a Dios es porque ahoga la verdad en lo más profundo de su corazón. Es algo que se va haciendo día tras día, a medida que se toman elecciones egoístas. El hombre puede obedecer lo que sabe, lo que su conciencia y la creación le hablan, o puede silenciar esas voces para hundirse en una vida gobernada por el propio interés.

Esta es la raíz de los problemas de la humanidad. Cuando una persona deja de escuchar la voz de Dios en su corazón, empieza a caer más y más, a separarse más y más de su Creador. ¿Y quién controlará su corazón después? ¿Le guiará su sentido de la intuición a discernir lo que es bueno o malo; o será más bien su razonamiento, que siempre sucumbe al denominador común de la avaricia y el egoísmo? A pesar de todas las ideas sublimes y las grandes palabras de los hombres, este denominador común siempre acaba en el podium. El resultado de la vida egoísta de los hombres, con todas sus razones, es la desintegración de las relaciones humanas básicas. Con la consiguiente expresión de marginación, alienación, odio, separación, competición, amargura, envidia… Imposibles de ocultar… estos son los problemas del mundo.

La Tierra refleja la misma condición. Igual que se rompen las relaciones humanas, se rompen los delicados ecosistemas que han mantenido a la Tierra viva por tanto tiempo. Sus recursos se están agotando, vastas extensiones de su superficie se van desertizando, van muriendo; el planeta está girando al borde de la destrucción. El hombre ha consumido demasiada vida de la Tierra para satisfacer sus deseos, y le es difícil reconocer que la está matando. Si la Tierra muere, la raza humana no puede sobrevivir.

Hace muchos siglos, el profeta Isaías predijo el futuro de la Tierra:

De duelo y marchitada está la Tierra, el mundo languidece y se marchita, languidecen los grandes del pueblo de la Tierra.
También la Tierra es profanada por sus habitantes, porque traspasaron las leyes, violaron los estatutos, quebrantaron el pacto eterno.
Por eso, una maldición devora la Tierra, y son tenidos por culpables los que habitan en ella. Por eso, son consumidos con fuego los habitantes de la Tierra, y pocos hombres quedan en ella.
Isaías 24: 4-6

La polución de la Tierra está en proporción directa con la contaminación del corazón humano, es decir, con lo mucho que los hombres han ahogado la voz de la conciencia, violando leyes, estatutos y alianzas que a todos los hombres se les dieron, para que guiasen sus vidas. El resultado es que terminamos declarando que sabemos mejor que Dios lo que es bueno para nosotros, y para la tierra sobre la que estamos. Y lo creemos de verdad. La ciencia, la educación superior y el pensamiento contemporáneo engañan sutilmente a todo el mundo, y vuelven insensibles los corazones de las personas desde la infancia, hasta que los hombres nieguen totalmente a Dios y supriman la libertad de conciencia. Eso no es nada inteligente. El entendimiento humano se ha entenebrecido tanto que muchos piensan que podrán resolver los problemas del mundo antes de que éstos le destruyan a él. Las soluciones que cree hallar sólo resultan en problemas más grandes.

Poca gente considera que desobedecer la voz de la conciencia aumenta la distancia con su Creador, y que ésta es la verdadera causa de la contaminación de la tierra. Echar la culpa a las multinacionales, a las grandes corporaciones y a los potentados de la tierra, no es la respuesta. Vivir ignorando la conciencia, aniquilándola, ha hecho más daño a la tierra que los grandes agentes contaminantes.

La culpa es real. La culpa engendra violencia y orgullo en vez de humildad y reconciliación. La inmoralidad, el asesinato, y vivir del sudor de otro son injusticias. Pocos saben ya lo que eso significa. La gente ha empezado a creer que la unión entre personas del mismo sexo son normales y que agradan a Dios igual que la alianza de matrimonio entre hombre y mujer. Muchos saben que las relaciones sexuales extramaritales, sin comprometerse y sin amor, hieren el alma humana, pero de todas formas lo aprueban. Pero pocos perciben que también trastorna el frágil equilibrio de la naturaleza. El hombre busca su propio placer a costa de lo que sea, y para ello termina creyendo como verdad lo que no es.

Todos los seres humanos deberán asumir la responsabilidad de sus elecciones en esta vida, y se mantendrán en pie o caerán ante Dios dependiendo de lo que hayan hecho, no de lo que “hayan pensado” o de lo que “querían hacer”. Aunque nos preocupe la ecología, si queremos salvar la tierra debemos empezar por admitir nuestra culpabilidad y la hipocresía de nuestros propios corazones, reconociendo nuestra parte como agentes contaminadores al transgredir el código de comportamiento que Dios puso en nuestro interior y vivir egoístamente.

No podemos vivir de una manera diferente si no salimos de este viejo orden social, cuyo motor es el consumismo. La palabra “consumismo” describe una forma de vida en la que siempre se necesita más, y nunca te encuentras satisfecho. A nuestro egoísmo poco le importa quién tiene que sufrir para alimentar su deseo insaciable de cosas. La sociedad de consumo en la que vivimos no puede durar mucho porque se devora a sí misma, con la filosofía liberal de “haré cualquier cosa que me haga sentir bien cueste lo que cueste”.

La sociedad presente se parece mucho a las sociedades griega y romana de la antigüedad, ambas experimentaron decadencia, agotamiento y finalmente destrucción. Podemos deducir cuál será el destino de la nuestra; si sigues en ella, en ella te consumirás.

Como las golondrinas anuncian el cambio de estación, los que escribimos este periódico formamos parte de un nuevo orden social. Somos el principio de la voz que anuncia a los habitantes de la tierra lo que sucederá en las próximas décadas. Justo antes del fin de esta edad, el testimonio colectivo de este nuevo orden social se escuchará muy alto. El aviso dará oportunidad a cada persona de escuchar lo que no escuchó ni de la creación, ni de su conciencia.

Si sólo se quedase en palabras, se trataría de otro engaño más. Pero el testimonio se hará evidente en la vida de un pueblo que está creciendo en doce lugares de la tierra.

*Ver artículo sobre Yahshua para conocer más acerca de su nombre.


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