![]() |
|||||
Como un chivo expiatorio |
|||||
| Él sabía que nadie había superado esa prueba jamás. Como en una carrera de obstáculos en el desierto, cada barrera, cada obstáculo casi insuperable, ponían a prueba la meta que de todo corazón deseaba alcanzar. Cada amanecer y cada crepúsculo anunciaban que se aproximaba más y más a la meta. Nada podía retenerle. Ni el fuego, ni el agua, ni una prueba tras otra. Como un hombre trabajando fervientemente al atardecer para acabar antes de que anochezca, corría movido por su deseo de alcanzar algo más precioso que la vida misma. ¿Qué era lo que anhelaba? No buscaba riqueza, ni fama, ni poder, ni tampoco placer, sino algo más profundo, más duradero, algo vivo y eterno. Sabía, al igual que el hombre ha sabido siempre, que cuando esta breve vida sobre la tierra se acaba, nos enfrentamos a una edad tan larga que nadie, ni siquiera el hombre más sabio de toda la tierra, puede apenas comprender. Nuestra corta vida determina dónde pasaremos la eternidad. Si llegara a vencer, ya no estaría sólo, otros le seguirían: aquellos que desearan ser como Él. El último día se enfrentó al obstáculo final: la muerte misma había venido a probarle. Como un chivo expiatorio [1] oprimido por su propio pueblo, por aquellos que deseaban echar todo su pecado sobre Él, pasó a través de un mar de gente, de una muchedumbre que alineada en las calles, profería todo tipo de burlas y maldiciones. Después vino una segunda tortura aún más terrorífica. Todos sus enemigos espirituales le rodearon alineándose también en dos largas filas. Le azotaban con largas varas como bestias salvajes mientras pasaba en medio de ellos para quebrar su espíritu, para hacerle abandonar y caer de rodillas al suelo, para hundirle en la muerte. Como un chivo expiatorio que vagase por el desierto esperando que la sed, el hambre o los animales salvajes acabasen con su vida, se llevó todos los pecados del mundo muy lejos, hasta la ardiente oscuridad del corazón de la tierra. En ese lugar salvaje, un mar agitado de sulfuro volcánico y piedra fundida, recibió voluntariamente toda la ira del cielo contra el pecado. Como una víctima indefensa ahogándose en las aguas, pasó por un sufrimiento tan grande que no alcanzamos a entender, para pagar por todo un universo de heridas y vergüenza, de injurias, vidas arruinadas, corrupción y perversidad. Pagó por un crimen tras otro, en una breve eternidad de tres días. ¿De dónde sacó la fuerza para llegar hasta el final? Sólo el amor otorga un poder así. Él amaba a aquellos que le iban a seguir después, que iban a ser su novia. Ellos eran su fascinación,[2] se entregó por ellos. Quería salvarles de la horrible agonía de una muerte sin fin. Sabía que cuando comprendieran lo que había hecho por ellos, responderían a su amor, y voluntariamente, abandonarían todo por su causa: familia, carrera, riqueza, ambiciones, sueños, comodidades, incluso sus propias vidas e intereses. [3] Esta respuesta genuina haría nacer una nueva nación de doce tribus. Aunque Él ya pasó la prueba, la de ella aun está por venir, pero no se desanimará, porque Él es su fascinación. [1] Macho cabrío que el sumo sacerdote sacrificaba por los pecados de los israelitas. [2] El reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en el campo, que al encontrarlo un hombre, lo vuelve a esconder, y de alegría por ello, va, vende todo lo que tiene y compra aquel campo. El reino de los cielos también es semejante a un mercader que busca perlas finas, y al encontrar una perla de gran valor, fue y vendió todo lo que tenía y la compró. (Mateo 13:44-46) [3] Así pues, cualquiera de vosotros que no renuncie a todas sus posesiones, no puede ser mi discípulo. (Lucas 14:33) |
|||||