Las Doce Tribus : Publicaciones : Una Nueva Cultura: De vuelta al Jardín
De vuelta al Jardín
 

Recuerdo el día que me despedí de mi padre diciéndole: “Padre, me voy al campo, quiero vivir como los pajaritos, de una manera sencilla, no quiero volver a tener dinero en mi bolsillo y no quiero tener que usar ninguna máquina, quiero alimentarme de hierbas silvestres y de lo que la providencia me dé. Me cogeré un tren que me acerque a la sierra y desde allí comenzaré a caminar”. Esto entristeció a mi padre que me dijo: “Mientras te quedes en Madrid y quieras estudiar te ayudaré en todo lo que pueda, pero si te quieres marchar con esas ideas, tendrás que irte con lo puesto, porque no quiero colaborar con esto.” Lógicamente, no le parecía bien. Yo estaba convencido de lo que quería, así que esto no me impidió marchar.

Veinte años tenía por aquel entonces, estudiaba segundo curso de veterinaria, no era difícil para mí aprobar, pero toda la visión que tenía para ser veterinario era conseguir un trabajo que me permitiera vivir en el campo. Pero el campo estaba allí, y no hacía falta ser veterinario para vivir en él, solo hacía falta confianza y determinación, dar un paso adelante. No quería poner mi confianza en estudios universitarios, prefería confiar en que Dios proveería lo que necesito si el paso que daba era correcto.

Decidí comenzar en la Sierra de Cazorla, había escuchado que era muy bonita y un buen lugar para vivir de esta manera. Había mucha naturaleza, animales salvajes y sobre todo, lo que más me animaba es que me dijeron que un hombre por allí que ya vivía así. Había quemado su carnet de identidad y llevaba años comiendo silvestre, lavándose con arcilla, orientándose con los vientos, etc. Quería conocerle pero luego resultó ser mentira la existencia de este hombre, una buena decepción, pues el saber que alguien lo había conseguido, aumentaba mi esperanza.

Así que cogí dos mantas y me lancé a la aventura. Dos mantitas, ni un duro en mi bolsillo y muchas ganas de vivir una vida verdadera eran todo mi equipaje. Era una buena época del año, primavera, y no hacía mucho frío. Me monté en un tren que me alejara de Madrid, la gran urbe en la que había pasado veinte años de mi vida. Un mundo artificial construido por el hombre a base de asfalto y cemento y donde no quedaba ni rastro de lo que originalmente había sido un hermoso bosque, que yo anhelaba conocer. Unas horas después me bajaba de este tren con la intención de no volverme a montar en otro nunca más. A partir de ahora a caminar, de vuelta al Jardín, ese era mi deseo.

Aparecí en un pequeño pueblo de Andalucía, era la mitad de la noche, así que me busqué un campo en las afueras y me tumbé a dormir encima de mis mantitas, no quería taparme porque quería acostumbrarme a vivir sin ellas. Cuando amaneció tenía frente a mi aquellas majestuosas montañas que iban a darme cobijo por no sé cuanto tiempo de mi vida. Me dirigí hacia ellas y una vez allí comencé a caminar sin rumbo. No quería seguir senderos porque me llevarían a casas o a pueblos, así que caminaba monte a través o siguiendo riachuelos para asegurar que no me faltara el agua. Comencé a probar todas las hierbas que me parecían apetitosas. No tenía ni idea de cuales eran comestibles y cuales no lo eran, si me gustaba el sabor de alguna, repetía y sino no. Todo lo que había conocido hasta entonces era sentarme a la mesa a la hora de comer y tener al alcance de mi mano todo lo necesario para mi sustento. Pero todo eso era pasado, no era lo que yo quería, no satisfacía mi alma, solo mi estómago, yo buscaba algo más, algo más espiritual, tenía que haber algo mejor que lo que el sistema podía ofrecerme.

Muchas cosas se pasaban por mi cabeza mientras saboreaba el extraño amargor de estas plantas silvestres, con las que difícilmente se podía aplacar el hambre.

Seguí caminando sin saber dónde ir, perdido en laberintos de zarzas sin encontrar la salida, en desiertos de piedra y matorrales sin encontrar agua, o en valles muy fértiles y bonitos, sin encontrar nadie con quien hablar, excepto los pájaros. ¡Qué batalla más grande! Por un lado echaba de menos tantas comodidades con las que había crecido y nunca más volvería a tener y por otro lado mi anhelo por algo mejor me compelía a continuar.

No hace falta detallar todos los problemas intestinales que tuve, vómitos y demás, aparte del frío que pasaba por las noches, a pesar de toda la leña que había por todas partes... pero yo no quería depender de la fosforera española, no quería depender de nada, excepto de lo que la naturaleza podía ofrecerme, de lo que en aquel tiempo llamaba la providencia. En alguna parte de mi corazón sabía que había un Dios y que Él cuidaría de mí.

Finalmente llegó un amigo al que esperaba cierto día en cierto punto de la Sierra. Venía con la misma intención que yo, pero traía una mochila de frutos secos que nos sirvieran de transición en nuestra alimentación. Para aquel entonces yo ya había encontrado una cueva muy bonita junto a un barranquillo. Una vez terminados los frutos secos, mi amigo se marchó diciendo: “Me haré una cabaña en un bosque y plantaré una huertecita... será lo más parecido a esta vida, será un paso en nuestro camino de vuelta al Jardín”. Sonaba bien, me pareció una buena idea. Nos despedimos y de nuevo me quedé solo por aquellas montañas. ¡Qué bonito era el bosque, el amanecer y atardecer, los pajaritos y el río, las manadas de corzos, pero qué difícil era disfrutarlo de verdad, integrarse, ser parte de ello! Era como si las puertas estuviesen cerradas para el hombre.

No tardé mucho en dejar aquel lugar para subir al Norte de España y reunirme allí con algunos amigos cuyos deseos eran similares. Por supuesto tuve que coger un tren y empezar a ceder en los ideales que me había propuesto. Catorce o quince amigos nos juntamos en una cabaña en un bosque con la intención de vivir de una manera muy diferente de la que siempre habíamos conocido. Compartíamos todo, aunque apenas teníamos nada para compartir, hicimos algunos intentos de comer silvestre, pero nunca funcionaba. Por aquel tiempo pasábamos la mayor parte del tiempo alrededor de una hoguera, comiendo castañas y fumando canutos. No había mucho más que pudiéramos (o supiéramos hacer).

La cabaña se quedó pequeña y no tenía tierras para cultivar, escuchamos que existían pueblos abandonados en lugares salvajes que podríamos habitar. ¡Qué idea más bonita! Dar vida a un pueblecito, juntos, en paz, compartiendo todo, cultivando la tierra, con animalillos. La idea era muy animadora. Teníamos la fuerza y el celo de la juventud, estábamos dispuestos a lo que fuera. Teníamos esperanza.

De la cabaña saltamos a un pequeño poblado celta en ruinas. Estaba a 1600 metros de altitud, había que llegar hasta un pueblo bien perdido, el más alto de Asturias, y desde allí caminar más de una hora cuesta arriba. Estaba en medio de bosques y prados donde hasta las piedras eran fértiles. Los únicos seres humanos que veías por allí, aparte de nosotros, eran algunos montañeros esporádicos que decían iban “al oso” y algún paisano del lugar, que siempre nos advertía de que la primera nevada que cayese allí podría terminar con nuestra vidas.

Por aquel tiempo ya conocíamos bastantes plantas comestibles, y como era primavera abundaban. Salías con un saco en la mano en busca de alimento silvestre, y sin demasiado esfuerzo lo llenabas. Nuestro platos eran las piedras, que a veces decorábamos con manteles de helechos. No todo era silvestre, teníamos arroz, harina con la que hacíamos tortas (chapatis) y leche que comprábamos con el escaso dinero que de una manera u otra llegaba hasta nuestros bolsillos. Nuestras casas eran chozas que estábamos reconstruyendo, las paredes de piedra y arcilla y el techo de escoba, una planta del lugar.

La primavera dio paso al verano, el buen tiempo facilitaba las cosas. No sabíamos que pasaría en invierno, pero estábamos determinados a pasarlo allí, a pesar de los avisos de nuestro vecinos. Pero un buen día, afortunadamente antes de que nos alcanzara la primera nevada, decidimos dar una vuelta por el Pirineo para visitar un amigo y hablarle del maravilloso lugar que habíamos encontrado. Nos gustaba estar juntos y le echábamos de menos, así que salimos a buscarle, era aquel de la mochila de frutos secos. Cuando llegamos al valle que nuestro amigo había encontrado, nos quedamos asombrados con lo bonito que era y las posibilidades que tenía. Sol, un maravilloso río de agua limpia y cristalina, hermosos bosques salvajes, cabañas abandonadas por todas partes, frutales, nogales, etc. Nos gustó tanto que decidimos quedarnos. Al otro sitio no volvimos más, nos quedamos en este lugar con la convicción de que habíamos encontrado el sitio donde poner en práctica nuestros sueños: vivir juntos en paz, de la manera más natural posible, desapegados de cualquier posesión material, en un lugar puro y limpio con la esperanza de que se nos contagiara esa pureza y de ofrecer a nuestros hijos algo verdadero. No podíamos imaginar la decepción que nos esperaba... solo era cuestión de tiempo.

Pronto cada uno escogió la cabaña que quería restaurar y hacerla su hogar. Para llegar a cualquiera de ellas había que caminar al menos media hora desde el pueblo abandonado al que pertenecían, al cual podías llegar después de ocho kilómetros de pista forestal en bastante malas condiciones. De una manera espontánea compartíamos nuestro dinero que conseguíamos principalmente de la artesanía. En un principio trabajábamos juntos ayudándonos unos a otros, tanto en restaurar las cabañas como en trabajar las huertas que comenzábamos a cultivar.

Enseguida comenzaron los problemas, voces discordantes comenzaron a levantarse: “Cuando yo hago pan hago para todos y cuando tu haces solo haces para ti”. “Pues yo con este no quiero compartir nada porque solo saca las manos de los bolsillos para comer y fumar.” “Pues cuando yo bajo al pueblo a comprar le pregunto a todo el mundo lo que necesita y tú no.” Yo, yo, yo...

El egoísmo empezó a interponerse en nuestro camino. Poco a poco se formaron grupitos, donde unos hablaban mal de los otros. Pronto cada uno empezó a buscar su independencia, su propia economía, su propio coche, su propia huerta, de alguna manera empezamos a reproducir la sociedad de la que queríamos escapar. Parecía como si la lleváramos dentro en algún lugar profundo de nuestro ser, y que no era tan fácil librarse de ella. Aunque nos fuésemos a la luna, en cuestión de tiempo crearíamos allí la sociedad que un día despreciamos con el deseo de tener algo mejor y de poder ofrecer a nuestros futuros hijos algo más que estudiar una carrera para ser alguien en este mundo y tener un trabajo fácil con el que ganar mucho dinero. La realidad es que nunca habíamos salido de esa sociedad.

Recuerdo la gran decepción que tuve el día que vi por primera vez a mis dos hijos pequeños, que no sumaban más de cuatro años entre los dos, peleándose por un palo, cuando el bosque estaba lleno de palos como ese. Podía ver la condición humana reflejada en esos dos pequeños, podía ver que era hereditaria, cruel. Nadie les había enseñado a ser así, pero lo llevaban dentro. Era como una maldición. Poco a poco fuimos chocando con la realidad de la vida. Todo era muy bonito en aquel bosque tan armonioso, pero nosotros éramos unos extraños allí, como un trozo de plástico, que no pega con el lugar. Algo era seguro, no formábamos parte de aquello, como lo hacía cualquier animalito. Esto me hacía envidiarlos, llegué a tener envidia de una simple lagartija, su vida era mil veces más sencilla, libre y natural que le mía. Pensaba en el hombre, el ser más alto de la Creación y esclavo de tantas cosas.

A menudo cuando subía la cuesta hacia mi casa cargado con arena, cemento o cualquier cosa, o cuando trabajaba la tierra, resonaban en mi mente aquellas palabras de la Biblia que había escuchado desde pequeño: “Trabajarás con el sudor de la frente, maldita es la tierra por tu causa y con mucho esfuerzo comerás de ella.”¡Como podía hacer yo para salir de esa condición! No había manera.

Un buen día apareció por nuestro valle una gente muy curiosa, vivían en tipis, como los de los indios, una vida muy natural y sencilla. Se hacían ellos la ropa, que teñían con corteza de roble, se hacían las cucharas y platos de madera, el calzado, todo. Viajaban en grupo y querían caminar con sus burros y caballos hasta el Atlántico y después cruzar en barco a Sudamérica para perderse por alguna selva de por allí. De pronto se renovó un poco mi esperanza. Esta gente parecía que iban un paso por delante de mi en la vuelta al Jardín, o sea que decidí hacerme un tipi y juntarme con ellos. Pronto vi que su condición espiritual y la mía eran semejantes, y cansado un poco del frío del norte, decidí trasladarme al sur, comprar un carro y un caballo para viajar por España tratando de encontrar el lugar ideal y la gente ideal, en realidad sin saberlo buscaba “el paraíso”.

Tras muchas peripecias, sufrimiento y decepciones, con el conocimiento de que el corazón del hombre, y por supuesto el mío estaba muy sucio y en necesidad de limpieza llegué al desanimo total. Había leído de todo, había intentado muchas cosas, había visitado comunidades de toda clase y nadie lo había conseguido. Era claro que la convivencia era lo más difícil.

Resignado a adaptarme al sistema, buscar un trabajo y dar de comer a mi mujer y los tres pequeños que me habían nacido por el camino, subí de nuevo al Pirineo a buscar algo que me diera una cierta estabilidad económica... justo lo que más odiaba, no tener más visión que eso... ¡cuando algo muy maravilloso ocurrió! Un amigo me dijo que había escuchado de una comunidad en Francia a 200 Km. de allí, donde vivían ochenta personas juntas y parece ser que se llevaban muy bien entre ellos. Mi amigo me preguntó: “¿Puedes creerlo?, mi respuesta fue: si no lo veo no lo creo y me enseñó una invitación para una boda (que ya había pasado) que recordaba una profecía de la Biblia, escrita en Ezequiel 36:24 donde dice:

“Os tomaré de las naciones, os recogeré de todas las tierras y os llevaré a vuestra propia tierra. Entonces os rociaré con agua limpia y quedaréis limpios; de todas vuestras inmundicias y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Además, os daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros; quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Pondré dentro de vosotros mi espíritu y haré que andéis en mis estatutos, y que cumpláis cuidadosamente mis ordenanzas. Habitaréis en la tierra que di a vuestros padres; y seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios.”

Enseguida pensé: ¡¡Esto es lo que yo quiero!! y si Dios está reuniendo un pueblo, quiero se parte de ese pueblo. Así que con la chispa de esperanza que se había encendido en mi corazón me metí en el coche y enfilé hacia aquella comunidad que había despertado mi curiosidad, 200 Km. por delante, y mi familia a 600 Km. en dirección contraria. Era un esfuerzo, sobre todo después de tantas decepciones. Pero algo en mi corazón me decía que valía la pena, que había que ir.

Finalmente llegué y me encontré con una gente amable, hospitalaria que parecía feliz. Me dieron la bienvenida y para mi sorpresa parecían contentos de mi visita. Yo no podía entender por qué, no había nada que yo pudiera ofrecerles excepto mi miseria.

Comenzaron a hablarme de cuál era la fuente de su gozo y de su vida. Me hablaron de cosas que yo no entendía con mi mente, en ese momento, pero sí con mi corazón. Podía ver que estaban contentos y que era claro que había paz y unidad entre ellos. Me hablaron de Dios y de como estaba reuniendo un pueblo para limpiarle de todo mal. Mientras escuchaba esto veía la limpieza de sus miradas y de su vida, y de alguna manera algo me llegó, lo suficiente para tomar la determinación de ir a buscar a mi familia y volver para saber más y poder formar parte de ese pueblo.

Me fui lleno de esperanza y alegría, ¡he encontrado el pueblo de Dios!, ¡qué gran bendición! Hice 800 Km. sin quitarme esta idea de mi cabeza. Incluso cogí un autostopista y se lo dije: “He encontrado el pueblo de Dios! Seguramente pensó que estaba loco, pero a mí ni me importó. Llegué hasta la cabaña donde había pasado con mi mujer los últimos meses y lo primero que le dije fue: “¡Estamos bendecidos, he encontrado el pueblo de Dios; empieza a empacar, que nos vamos!” Ella, como es normal, tardó en reaccionar ante estas palabras, sobre todo cansada como estaba de decepciones, y lo peor de todo cansada de mí (este es otro tema que, afortunadamente ya está muy solucionado).

Finalmente la convencí: “Vienes a verlo y si no te gusta te marchas y ya está”. Con gran emoción metimos todos los bártulos en el coche, y nos dirigimos a este maravilloso lugar que había despuntado una gran esperanza en mi corazón. Fuimos recibidos con los brazos abiertos, algo inusual para nosotros, la gente nos decía que era maravilloso que estuviésemos allí (no éramos más que una familia con tres pequeños en total necesidad). Se podía ver claro que esta gente estaba movida por un espíritu muy diferente que el que habíamos conocido en ninguna otra parte: En realidad era el espíritu del que hablaba la profecía aquella de Ezequiel,” os limpiaré de toda vuestra inmundicia y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros, quitaré vuestro corazón de piedra y os daré uno de carne”. Estaba viendo esta profecía hecha realidad enfrente de mis ojos.¡Qué maravilloso! Solo faltaba una cosa ¿qué tengo que hacer yo para recibir ese Espíritu? La respuesta estaba en el Mesías, su paso por el planeta estaba completamente relacionado con esto. Por eso dijo” Yo soy el camino, la verdad y la vida”... El camino de vuelta al Jardín consiste en una profunda purificación, hay que estar preparados para vivir allí.

Pude entender por qué yo no pude entrar cuando lo intente años atrás en la montaña. Dice en el libro de Génesis que cuando Dios tuvo que echar al hombre del Jardín puso un ángel en la puerta con una espada de fuego en la mano para impedirle que entrase. Yo me había topado con ese ángel de frente. Pero Dios quería que entrara en el Jardín por eso me trajo a su pueblo, al Mesías, donde estoy siendo preparado, para poder morar allí en la próxima edad que va a venir a este planeta, y este también es otro tema, del que si estás interesado, y ojalá sea así, estaremos muy contentos de hablarte.

Si estas palabras despiertan algún interés en tu corazón, por favor, ven a visitarnos, estaremos muy contentos de compartir contigo las buenas noticias que conocemos ¡hay un camino de vuelta al Jardín!


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