Las Doce Tribus : Publicaciones : Una Nueva Cultura: El Exterior no es la Solución
El Exterior no es la Solución
 

Mientras descendía en el ascensor desde el decimoprimer piso del edificio Windsor iba reflexionando en la extraña situación en la que me encontraba, siete personas más compartían conmigo aquella caja de plástico y metal, ninguno profirió palabra alguna sino que permanecíamos distantes evitando el cruce de miradas. Fueron minutos interminables los de aquella atmósfera falta de oxígeno y de comunicación.

Mi trabajo consistía en recoger y entregar sobres y paquetes que transportaba en una motocicleta, a menudo me encontraba enojado golpeando un teléfono público que se tragaba el dinero sin darme su servicio o maldiciendo a los automovilistas que obstaculizaban mi paso. “Infinidad de situaciones nefastas que genera la anormalidad de la ciudad,” pensaba. Por supuesto no quería gastar mi juventud en aquel lugar, jugándome la vida entre los coches y llegando a casa con la cara negra del humo urbano.

La propuesta de mi padre era aun más descabellada: continuar con su pequeña empresa de aislamiento con fibra de vidrio, aun recuerdo el picor de aquel material insano.

En algún lugar de mi mente albergaba el recuerdo de una película que vi siendo niño y que me impactó. Se trataba de una familia que abandonaba la ciudad y marchaba a algún lugar perdido en las montañas. Pensaba en ello y acariciaba la idea de hacer algo parecido, eso me daría la libertad que tanto añoraba, el alivio a mi existencia depresiva ¿No es este medio inhumano el causante de la infelicidad de los hombres? ¿No sería el alivio de mi alma el despertarme con el canto de los pájaros en el lecho de mi cabaña en la montaña y a continuación lavarme la cara en el arroyuelo cercano mientras inhalaba el aire oxigenado del bosque? Si no toda, esto sin duda, traería en gran parte la restauración de mi dignidad humana, y me devolvería la ilusión y las ganas de vivir que ya casi consideraba perdidas.

Tal como dispuse en mi corazón obtuve mis sueños y en poco tiempo me encontraba viviendo en un lugar perdido del pirineo Aragonés ¡Qué grande era mi emoción apenas si rozaba el suelo mientras caminaba por los serpenteantes senderos del bosque! La belleza del lugar y la rudeza de la vida salvaje eran para mí fuente de estímulo, sin embargo, los desajustes en mi ser continuaban manifestándose, aunque el decorado se tornaba ahora favorable y positivo. Paranoias, ansiedades e insatisfacción continuaban en mi mesa, la enfermedad espiritual me acompañaba incluso en los parajes más vírgenes. Entendí pues la lección de que : “el exterior no es la solución “ no me conformaba con menos que tener paz y saber en donde encajar, por lo tanto continué la búsqueda.

De algún modo, los ángeles intervinieron, pues fui a parar a un sitio donde conocí a gente que había encontrado lo que yo buscaba, parecían estar en paz y contentos (¡qué cosa tan sencilla y difícil!) hasta tal punto que incluso vivían juntos y compartían sus posesiones, algo increíble, no propio de estos tiempos que corren. Me contaron que la sanidad ha de tener lugar primero en el corazón del hombre, tal como yo sospechaba. Y lo más importante, me guiaron a la puerta por donde entrar a formar parte de aquella Vida. Me enumeraron los costosos requerimientos necesarios para ello, los cuales pude cumplimentar debidamente a pesar de mi insolvencia económica. El precio a pagar se trataba de la entrega de mi vida, cien por cien de mi tiempo, plena dedicación, la vida que no sabía gobernar. Fui irresistiblemente atraído a sellar el trato, el alto requerimiento me dio confianza de la autenticidad del asunto. La vida que estaba siendo vivida por aquellas familias respaldaban con firmeza todas las palabras que escuchaba. Recibí la fe necesaria para creer que se trataba de Dios el que andaba detrás del telón y no pude hacer menos que entregar todo lo que disponía para colaborar con la maravilla que está formando: una nueva cultura, un nuevo orden social digno de toda nuestra energía.


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