| En estos días de guerras y catástrofes ecológicas, mucha gente protesta y demanda que se ponga fina la destrucción que el hombre está causando en el planeta. Grupos pacifistas convocan grandes manifestaciones y macroconciertos en contra de la guerra denunciando que los gobiernos actúan únicamente por interés propio.
Las organizaciones ecologistas abogan por la tierra para “salvarla” de una destrucción inminente. Activistas defensores del medio ambiente, usando, desde los medios políticos-jurídicos y económicos hasta el sabotaje industrial, intentan poner parches a un problema que se desborda. Mientras que algunos creen haber encontrado la solución en el mundo de la energía alternativa, el reciclajelos productos ecológicos y las terapias, otros optan por la comodidad de dar un donativo a alguna O.N.G. y así adquirir cierta tranquilidad en sus conciencias.
Lo cierto es que en un mundo dominado por la alta tecnología y la información, donde la gente está absorbida por el sensacionalismo de las noticias, de las películas de Hollywood y el fútbol, la opinión pública es fácilmente manipulada, y la gran multitud es dirigida hacia una conciencia colectiva que como ya se ha demostrado, ha fracasado en resolver los problemas que envuelven a la humanidad.
Hace algo más de 35 años nació en Estados Unidos un gran movimiento social en contra de la guerra y la destrucción y a favor de la paz, el amor y la fraternidad entre los hombres. Este movimiento que fue la madre de todos los movimientos pacifistas, ecologistas y alternativos de hoy, se conoció como el movimiento “Hippy” que surgió tambiéna raíz de una guerra polémica: la de Vietnam. Al igual que hoy, había grandes protestas. Los estudiantes tomaban las universidades y se pronunciaban grandes discursos a favor de la paz y en contra de la guerra. Había un consenso en la mente y el corazón de la mayoría de los jóvenes que se lanzaban a la calle: Traer de una vez por todas un mundo de amor y paz. Voces proféticas como las de Bob Dylan, Joan Báez, John Lennon, Jimmy Hendrix o los Greatful Dead se convertían en los Mesías de toda una generación. Había algo nuevo en el aire, se pretendía cambiar el mundo a través de visiones psicodélicas y el misticismo oriental, marchando contra la guerra y emplazando flores en los cañones de los rifles de la guardia antidisturbios. Pero las cosas empezaron a ponerse mal. Cada vez llegaba más y más gente a las mecas psicodélicas como Berkley o San Francisco. Las buenas vibraciones inducidas por el LSD y la marihuana empezaron a convertirse en paranoia.
Las ciudades hacían de los jóvenes presa fácil para los camellos que se enriquecían a su costa. En cuanto estos introdujeron la heroína, las anfetas y la cocaína, empezaron las redadas policiales y la utopía comenzó a hundirse. La explotación por los medios de comunicación, la violencia en las protestas contra la guerra, y el dolor de los corazones rotos que no podía ser sanado ni por el mejor peyote, trajeron las primeras semillas de la desilusión. Entonces se produjo un gran éxodo hacia la naturaleza. La llamada era “volver al jardín” y así miles de jóvenes en sus furgonetas se lanzaron hacia las montañas y se establecieron comunidades por todo el país. El lema era “Paz amor y libertad” Pero la cosa no duró mucho tiempo. La vieja y fea cara de la avaricia comenzó a mostrarse y conforme los jóvenes Hyppies se hacían más mayores, su deseo por obtener la confortabilidad que ofrecía la sociedad comenzó a apagar la visión que les había unido. Cada uno comenzó a desear el tener su propio espacio. Todo lo que los padres habían querido para sus hijos: seguridad y éxito, que era lo más valioso para la clase media Americana, se convertía así en lo más valioso para la generación de los sesenta. De esta manera se hicieron parte del sueño Americano contra el que tanto habían protestado en su juventud. En un principio habían querido conquistar el mundo con amor y traer la añorada paz a la tierra, pero la falta de una fundación en ellos de auto-sacrificio en sus vidas impidió que su visión se transformara en una demostración duradera.
Hoy día, con una sociedad que se deleita en el confort y la emoción que aporta la alta tecnología, es difícil creer que uno pueda dejar su coche aparcado y su PC apagado por un día, irse a protestar contra la guerra y cambiar el curso del mundo. ¿Cuántos están realmente dispuestos a sacrificar su estilo de vida y renunciar a sus valores materiales para que puedan cambiar las cosas? Es muy fácil echarle la culpa a los políticos, pero mientras que haya que ponerle gasolina al coche y alimentar la inmensa maquinaria industrial de la sociedad moderna, van a haber guerras, y la naturaleza va a seguir siendo explotada indiscriminadamente, ya que la materia prima es escasa y los intereses son muy grandes, y quieras o no, son los intereses de la mayoría mientras la mayoría quiera el coche y la televisión digital. Está claro que si estos valores no cambiaron en la revolución de los sesenta, ¿quién va a creer que pueden cambiar ahora? El único cambio radical que puede ocurrir ha de ser en el corazón del hombre, y para ello el debe de girar su corazón a aquel del que se ha olvidado, aquel que tiene el poder para cambiar, para crear o destruir todo. Las guerras y los desastres ecológicos no son más que un síntoma de la caída del ser humano, que se ha apartado del creador y ha puesto su fe y confianza en la ciencia y la tecnología. Está claro que la sociedad no va a cambiar sus valores y por tanto no puede cambiar el mundo. Solo el creador mismo puede, en su amor hacia los hombres, rescatar a la humanidad. Y lo va a hacer levantando una nación diferente a las demás, un pueblo entero de personas que no viven para si mismas, que han renunciado a todo y viven juntas en paz, amor y unidadpara ser un testimonio vivo de la verdad: que Dios envió a su hijo, no para fundar el Cristianismo y tener al mundo engañado, sino para enseñar al hombre que el mayor acto de amor es entregar la vida por los demás. Que es posible vivir compartiendo todo sin egoísmo, celos, envidia, ira, avaricia y todas las cosas que causan la polución del corazón del hombre y de la tierra.
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