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¿Tendrá Dios lo que merece? |
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No hay fuerza más poderosa en todo el universo que el amor de Dios. Ninguna otra cosa puede alcanzar lo profundo del alma humana trayendo verdadera sanidad y esperanza. Su amor y vida se personificaron en el hombre Yahshua* (conocido por Jesús, en castellano). Él vivió cada día para amar, servir y alimentar a todos aquellos que lo necesitaban. Fue un ejemplo vivo de lo que Dios deseó al crear al hombre al principio: una vasija para contener su Espíritu, un cuerpo en el que morar. Pero no fue suficiente que Dios morara en un solo hombre durante un breve momento en la historia. Él quería morar en mucha gente y a través de ellos expresar su amor perfecto. Por ello era necesario que este hombre, el segundo Adán, venciera todas las tentaciones del príncipe malvado que gobierna este mundo, para poder entregarse como rescate por la humanidad. Su vida perfecta delante de Dios le cualificó para ser el cordero sin mancha, el sacrificio perfecto, que pagaría por los pecados de toda la humanidad. Su resurrección de entre los muertos abrió la puerta para la vida eterna. Yahshúa fue como una semilla preciosa que cayó en tierra y murió. Pero la muerte no pudo retenerlo a causa de su inocencia. Él volvió a sus amigos, aquellos que amaba, y les dijo que esperaran en Jerusalén hasta que el Espíritu viniera sobre ellos. Por un breve tiempo en la historia, el mundo conocido presenció un saboreo, un anticipo del reino, al estar los corazones de los discípulos de Yahshúa, llenos del amor de Dios. La gente se juntaba para amarse y cuidar unos de otros, compartiendo todo lo que tenían. Empezaron a brotar comunidades de creyentes por todos sitios. Ofrecían esperanza y un hogar a aquellos que verdaderamente deseaban conocer a su Creador. En estas comunidades podías vivir con gente que estaba llegando a ser como Yahshúa. Él fue el primogénito y preeminente entre todos ellos, abriendo la puerta para que todos aquellos que tuvieran un corazón como el suyo, fueran también hechos hijos de Dios, sus hermanos. Él trazó un sendero para que otros pudieran seguirle, caminando como Él caminó. Lo que sucedía en la vida de cada discípulo, cuando proclamaba creer en Él, no era una transformación mística, sino un cambio práctico y progresivo. Vivir y trabajar juntos, en comunidad, originaba verdaderas pruebas de convivencia entre los discípulos, que al ser vencidas, producían un cambio profundo e interno: la salvación de sus almas. Su amor es fuego consumidor, y esta vida de los primeros discípulos fue diseñada para purificar a sus santos y que pudieran expresar su amor, de manera más perfecta, a otros que también le seguirían. Al final, ellos estarían preparados, como una novia para su Rey, y entonces Yahshúa volvería a por ella. Juntos establecerían su reino eterno, comenzando por la tierra, durante 1000 años. Tristemente, su amor se enfrió. Abandonaron su sencilla y pura devoción. Perdieron de vista el gran propósito que Él tenía para sus vidas; el egoísmo y la división se infiltró entre ellos. Los discípulos empezaron a transigir de muchas maneras. Perdieron su confianza y su espontaneidad. Los fuertes comenzaron a dominar sus reuniones. Poco a poco murieron los pocos fieles y al final, el Espíritu Santo no pudo encontrar, ya más, un hogar en sus comunidades. Cuando su amor se fue, les abandonó también la ilusión de estar juntos y de sobrellevar las durezas que conlleva el cuidar unos de otros. Con el tiempo el cristianismo se convirtió en la religión del estado bajo el emperador romano Constantino. La infiel iglesia se entregó a otro amante. Dejó de ser la “perseguida”, para ser la que persigue. Todos los que se levantaban contra ella, eran marginados, desterrados o destruidos. La liturgia y los rituales vacíos, tomaron el lugar de lo que una vez fue una vida llena de significado y propósito. El diálogo humilde de sus reuniones proveniente de un agradecimiento genuino, enriquecido por la participación de todos, fue reemplazado por largos sermones de hombres que buscaban su propia gloria. La confusión continuó durante siglos. Aquellos que proclamaban tener la verdad derramaron un mar de sangre promoviendo el “Reino de Dios”. El temor a la “condenación y al infierno” sustituyó al amor hacia Dios como motivo principal para aceptar a Cristo. Las gigantes catedrales de piedra, construidas a expensas de muchas almas y grandes sumas de dinero, representaban la “grandeza de Dios”, en vez del amor del Mesías expresado en su pueblo. Mientras tanto, la iglesia continuó separándose en denominaciones y sub-denominaciones. “La correcta doctrina” (entre comillas) se convirtió en el “testimonio de la Verdad” (también entre comillas). Desgraciadamente, fue enseñada por hombres que tenían sus manos manchadas de sangre. Aun así, fue aceptada como “la Palabra de Dios”. La errónea enseñanza de que todo el mundo está destinado al infierno y solo se salvan los que crean en Yahshúa causó que los hombres perdieran su entendimiento sobre la ley natural de la conciencia. Dejaron de apreciarla y considerarla como algo a lo que escuchar y por lo que vivir. El hacer el bien por causa de la bondad misma no tenía valor si no creías en Yahshúa. Incluso, la gente llegó a creer que la Biblia dice que Dios ha predestinado a cierta gente para ir a la destrucción eterna, y a otros para ir al cielo, desdesu nacimiento. Aquí estamos ahora, en el siglo XXI, y la confusión sigue, aunque el engaño se ha hecho mucho más sutil y sofisticado. Ya no se les permite legalmente a aquellos con la “buena doctrina” quemar en la hoguera a los de la “mala doctrina”, ni colgarlos del árbol mas alto. La devoción al Mesías se ha reducido a la asistencia semanal a la iglesia y tratar de ser un buen ejemplo a otros, en el mejor de los casos. Los más beatos en las iglesias tienden a exaltar su conocimiento bíblico y su ministerio. Lo que fue una creencia de corazón, que traía un cambio profundo y radical en la vida de las personas, pasó a ser una creencia mental, que simplemente causa una reforma externa en los hábitos y las costumbres del “creyente”. Pero, ¿dónde está el amor de Dios? ¿ Tiene Yahshúa, aquello por lo que pagó con su muerte tortuosa y sus tres días y tres noches sufriendo lo indecible en la muerte? ¿Se está preparando su novia (su pueblo), purificándose para su vuelta? La respuesta parece dolorosamente clara. Él, sin embargo, es digno de una novia que le ame y que se entregue a Él por completo. Se merece tener lo que compró con su sangre, por lo que murió; y por lo que aun está esperando. Él es capaz de cumplir lo que dijo que haría y por esta causa vino al mundo. Por esto nació, para dar testimonio de la verdad y aquellos que son de la verdad escucharán su voz. Las buenas noticias son que Él, una vez más, ha derramado su amor en los corazones de una gente que está siendo reunida. Estamos aprendiendo a caminar con Él. Como resultado, estamos creciendo en amor los unos por los otros. Queremos aprender de aquellos que fallaron en el pasado y vencer lo que ellos no vencieron. No es fácil, pero, para nosotros, Él es digno de todo. No nos gusta el camino que lleva el mundo ni la manera extrema en la que Él ha sido mal representado. Vivimos para traerle de vuelta a la Tierra. Y esto es lo más importante que está ocurriendo hoy en todo el planeta. El Espíritu y la novia dicen, “ven”. El que oiga, diga, “ven”. Y el que tenga sed que venga. El que lo desea que tome gratis del agua de la vida.(Apocalipsis 22:17) ¿Puedes escuchar la llamada? ¿Estás sediento de vida? ¿Anhelas tener verdadera comunión con Dios? Si es así, ven. Si tu corazón te lo pide, ¡hazlo! Hay una gente que está esperando por ti. Ven y comprueba con tus propios ojos que lo que estás leyendo aquí no son palabras vacías, y que Dios está verdaderamente reuniendo a los suyos. Si tienes alguna cuestión, por favor, escríbenos o llámanos. Estaremos más que contentos de escucharte y trataremos de responderte lo antes posible. O, mejor aún, visita la comunidad que tengas más cerca. Nuestras puertas y nuestros corazones están abiertos para ti, día y noche. Ven para un día, o para siempre. * Yahshua, nombre hebreo compuesto por Yah, nombre del Padre, que significa : yo soy, y Shua, que significa: poderoso para salvar, (a los hombres de sus pecados). |
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